Escrito por: Yovana Mescua Arestegui
Miércoles. Doce del medio día. El frío es intenso, pero ella no se amilana ante nada. "Ya pasaron cinco horas de venta" me cuenta amablemente Agustina Cagüi Ramos. Esta dama de mandil color nieve, llega al Jr. Chancay (cerca de la UNFV) con un carrito verde y una sombrilla bicolor, cargado de rodajas de piña y pelotitas a punto de exprimir.
El ruido que emiten los carros es intenso, como si un taladro perforará mis oídos. Yo me pregunto como esta señora de 42 años, tiene la capacidad de aguantar tan desagradable situación. Y es que Agustina lleva trabajando 30 años en las calles de Lima.
Esta mujer de piel canela, comenzó vendiendo maní confitado, coco, chifles y yuquitas fritas. A sus nueve años, conocía como la palma de su mano el centro de Lima. La tía, la trajo de su natal Arequipa al barrio llamado Payet en Independencia, con el supuesto de ofrecerle un mejor futuro.
En realidad la hizo trabajar duro y parejo. Para “Agus” no existían fines de semana, ni paseos con las amigas. Solo tenía a su tía, quedo huérfana desde pequeña. Con la voz cansada por el tiempo y la cara marchita como una rosa por los climas intensos que soportó, comenta que su tía no le daba de almorzar, le daba la sobra como aun perro.
Con mucho esfuerzo estudio el segundo de primaria en un colegio nocturno, su tía se opuso. Veo en su rostro su mirada sincera que ya no quiere recordar el pasado.
En la calle se sufre mucho, los ambulantes tienen que someterse a los golpes e insultos de los municipales. Ella paso por esto. Hoy lleva dos años en el negocio de jugo de naranja y piña. El cual le trajo muchas satisfacciones, como el que su hijo mayor este estudiando en SENATI.
Agustina y su esposo trabajan en el mismo rubro, su romance fue distinto a los demás. Ellos se conocieron en medio de los chifles, por así decirlo, pues a los 19 años de edad, Agustina se enamoró perdidamente de Agustín, que diario le compraba el delicioso “plátano crujiente” en una de las calles de la Av. Alfonso Ugarte.
“Agus” como la llama su esposo, nunca pensó en utilizar sus manos para exprimir sabor, sino para reconstruir rostros y moldear cuerpos.
“Al menos saco lo necesario para sobrevivir, aunque no es mucho-respira profundo-es lo mejor.”. La venta culmina a las tres de la tarde. Con una amplia sonrisa, sueña con tener un restaurante propio. Deja su carrito en una cochera cerca del lugar y se enrumba a Los Olivos, donde sus hijos la esperan impacientes por compartir las pocas horas que quedan del día.
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