Escrito por: Whitney Miñan y Ángel Rodríguez
Sus ojos azules parecen destellar entre el muladar donde se hayan. Su piel blanca y su ralo cabello son una armoniosa combinación entre tantos sudorosos personajes que lo rodean. Su simple sonrisa, ya gastada por el tiempo, no deja de cautivar a aquellas solteronas que deambulan por la zona.
Ronny Stewart (50) es un americano que vino al Perú cuando apenas tenía 5 años. Tras el largo viaje, sus padres ‘aterrizaron’ en el distrito de San Juan de Miraflores, donde hasta hoy reside.
Sus ojos se abren desde el amanecer, juntos al primer rayo de sol, se levanta y hace ridículos ejercicios que lo ayudan a mantenerse en forma. Un baño de tina –como él lo llama-, a pesar que lo hace en una ducha común, lo reanima y lo prepara para ver a sus hijos.
Sus pequeños no son precisamente niños destructores, juguetones o risueños; lo que él considera parte de su familia son sus ‘chocotines’. Estos muñequitos hechos de una media, arena y algunas semillas le roban una enorme sonrisa y lo mantienen vivo.
Sus pequeños no son precisamente niños destructores, juguetones o risueños; lo que él considera parte de su familia son sus ‘chocotines’. Estos muñequitos hechos de una media, arena y algunas semillas le roban una enorme sonrisa y lo mantienen vivo.
Se pone su mejor camisa, pues dice que la apariencia importa muchísimo, y sale con paso firme al mercado para vender sus productos. Abre su mágico maletín de cuero, que tiene un color como esputo con tabaco, y sus pequeños aparecen con ojitos y boquitas alegres y optimistas que fueron pegados con cola escolar uno a uno.
Su primera clienta aparece. Una señora regordeta, con un rostro como la luna y unas manitos diminutas se acerca con una cartera antigua, como ella, para comprar los ‘chocotines’.
Los puntos que tiene por ojos miran atentamente a los muñecos. Ronny sonríe como seduciendo a aquella mujer que podría ser su madre y listo su encanto ayudo a que vendiera su primer producto.
La tarde está tranquila, el sol se esconde y las personas desaparecen poco a poco. Repentinamente y como por arte de magia, una manada de sujetos arremete contra los vendedores e intentan llevarse sus pertenencias.
Las mujeres y niños corren como si fuera el fin del mundo, los varones luchan y salvan sus productos. Todo se desvanece.
Así como Ronny, existen más de 50 comerciantes ambulantes en el mercado ubicado en la zona B de San Juan de Miraflores que son agredidos por las autoridades del lugar alegando que está prohibida la venta en esa zona.
Ronny apenado regresa a su casa, pues no terminó de vender sus muñequitos. Por la turba enardecida, muchos de sus ‘chocotines’ perdieron un ojo o una boca.
Su pijama a rayas, que lo hace parecer un niño, lo espera. Su cama, algo vieja y mal tendida, parece llamarlo a gritos. Su cuerpo ya no da más, se acuesta y se duerme.
Este hombre de 50 años mantiene esta misma rutina todos los días, excepto domingos y feriados que, como él tiene apuntado en su calendario, son momentos sagrados para descansar.

EXCELENTE CRÓNICA
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